Largo es el trayecto y sacrificadas las horas de rutina hasta que logramos cruzar triunfantes el umbral de nuestro hogar para descansar. La piel se deleita al percibir la holgadez del pijama o la textura acolchada en las pantuflas. Y por fin, la última frontera de libertad se revela al desprender tres ganchitos en la espalda.

En estos meses de distanciamiento social han surgido algunas reflexiones (en materia de cuidado personal) que son capaces de mover montañas tan pesadas como los idearios de género. Ahí es cuando aparece el corpiño y las dudas ante la indiscutible comodidad de su ausencia: entonces, ¿por qué lo visto?

“Lo que ocurre es que el corpiño (al mantener la forma de los senos) contribuye a minimizar la ptosis mamaria y los cambios producidos por la edad, el embarazo y la lactancia. Si consideramos que la estética se relaciona con el volumen y la tonicidad del pecho es conveniente usarlo, pero en lo referente a la salud en general no hay indicaciones médicas que auspicien los corpiños”, comenta el ginecólogo Santiago Arredondo.

La excepción va para las pacientes con una talla de brasier considerable (gigantomastia). Ellas encuentran en la prenda un soporte ante los problemas posturales y los dolores cervicales o dorsales que ocasiona el peso de su delantera.

Inicios

Los recuerdos nos transportan desde el placard (en donde hay una artillería pesada de bralettes y tiras regulables) a las primeras vivencias con conjuntos de algodón y productos “rosas”.

“El corpiño empieza a utilizarse entre los 11 y los 12 años, cuando la niña desarrolla el botón mamario (primera evidencia del pecho que lo diferencia del hombre). Su función implica una construcción sociocultural, porque el pecho es considerado como un órgano sexual secundario que -al igual que los genitales- es correcto ocultar/tapar”, agrega el especialista en mastología.

En esta evolución el sostén será luego un aliado del deporte y de la prevención de desgarros y dolor. Según la Sociedad Argentina de Mastología (SAM) las mamas se desplazan hasta 15 centímetros con movimientos multidireccionales, motivo por el cual debemos colocarnos un top deportivo (nunca los corpiños triangulares ni soft) al ejercitarnos.

Por las noches

Ante la cantidad de sexytips que alaban la desnudez, una consulta frecuente es qué hacer con la indumentaria al irnos a dormir.

“Para lograr un sueño placentero se recomienda vestir ropa ligera y evitar que esta oprima la zona de las piernas o los senos. El mito de que usar corpiño por la noche puede incidir en lesiones tumorales o cáncer de mama carece de aval científico”, aclara la tocoginecóloga Celeste Bepre.

En palabras de la obstetra, la falla radica en preferir la seducción visual antes que la funcionalidad de la prenda o las medidas reales del cuerpo y sus requisitos.

“Hay corpiños confeccionados con lycra o materiales sintéticos que generan alergias según la sensibilidad de cada una. Además, los ganchos metálicos pueden causar irritación por el calor y la humedad. Y muchas mujeres sufren los roces al tener dolores mamarios propios de su ciclo menstrual, los cambios hormonales o los anticonceptivos”, acota.

Por el resto -pese a gastar fortunas en diseños exclusivos- nada compite con la gravedad. “Igual los pechos van a caerse. Las mamas están compuestas por los ligamentos de Cooper. Con los años estas bandas de tejidos se elongan. Es parte del proceso biológico y la menor producción de estrógeno y de colágeno”, sintetiza la experta.

De la cintura para arriba

Hallar el origen del bustier implica adentrarnos en una historia de pechos, moda y jerarquía sociales que nos remonta al siglo XIV antes de Cristo. Sin embargo, su antecesor occidental más reciente son los corset: una prenda típica en las cortes europeas de finales del siglo XVI (y considerada ahora casi un accesorio de tortura).

Su diseño fue creado para realzar el busto y comprimir al máximo la cintura. A tal punto que la presión permanente de la corsetería podía deformar la cavidad pulmonar, desplazar los órganos y ocasionar desmayos o sofocos.

Por suerte, tras décadas de flagelo por comer, caminar (y existir) aparecieron alternativas menos rígidas. El registro oficial llegó recién en 1914 de la mano de la neoyorquina Mary Phelps Jacob (tenía 19 años).

Cuenta la leyenda que -durante una fiesta- la joven estaba tan fastidiada por el desaliño de su corset que decidió coser dos pañuelos junto a unos lazos color rosa. Así nació el modelo “Caresse Crosby” y la tendencia de los sujetadores sin respaldo (y con cordones y puntillas que regulaban el tamaño).

Cuatro años después, la magia de ceder los derechos de autoría a grandes empresas y la producción en serie hicieron lo suyo.

La revuelta al desnudo

A modo de objeto político, el cuerpo femenino ha sido censurado, realzado u objetivado en la cronología. Víctima de la etiqueta del goce, hubo otras instancias en que supimos alzar la voz (y demás partes de la fisonomía) para protestar.

“En los años 60, el corpiño pasó a ser un símbolo de opresión y a la vez de rebeldía. En Nueva Jersey (Estados Unidos) decenas de grupos feministas y defensores de los derechos civiles salieron a la calle para rechazar el concurso de belleza de Miss América. Las opositoras arrojaron objetos sexistas a la basura y entre ellos aparecieron sostenes, ruleros, maquillaje, revistas Cosmopolitan y pestañas postizas”, relata la militante feminista Florencia Rossi. A este hecho se le adjudica (con error y disidencia) la escena de una quema de corpiños contra el patriarcado.

“En profundidad, no se trata de quitarnos la lencería en cuarentena, sino de tener la potestad corporal para elegir lo que preferimos sin ser atacadas. Porque mientras absorbemos los ideales sobre siluetas perfectas de la pornografía o los medios, en el ámbito público las críticas y el rechazo por mostrar los pezones son tan fuertes que sentimos verguenza o temor por el acoso”, enfatiza la estudiante de Ciencia Política. Su reflexión deriva además en la depilación.

¿Qué pasará después? Puede que cualquier rastro de introspección acabe trunco. O, tal vez, el ámbito hogareño sea la nueva hoguera metafórica para replantear ciertas costumbres. Algo próximo a chispas que “desprenden” el aletargamiento del “yo quiero, yo decido”.